Ahora miro el mar distinto, especialmente el del Golfo de Nicoya. Esta foto no es solo un mar y sus mágicos colores al atardecer, es el mar que cuidan muchas personas, especialmente las comunidades de la Isla de Chira, de la pesca de arrastre.
Desde el año pasado tuve la oportunidad de acompañar un proceso que apoyaba a diferentes organizaciones de la Isla de Chira, entre ellas ASODEPU (Asociación de Pescadores Unidos de Bocana Sur).
Al estar allí, viendo el sol caer y escuchar sus historias, muchas de las cuales nunca los costarricenses llegaremos a comprender, entendí que detrás de esa postal perfecta de aguas en calma, hay una batalla diaria y silenciosa. En el papel, el gobierno costarricense declara estos territorios como Áreas Marinas de Pesca Responsable, pero la realidad es que el decreto muchas veces se queda solo en un título impreso. El apoyo estatal y de las autoridades para vigilar la inmensidad de agua es casi nulo, dejando un vacío enorme que los pescadores artesanales han tenido que llenar por su cuenta.
De manera completamente voluntaria, y poniendo dinero de su propio bolsillo para la gasolina y el mantenimiento de las lanchas, los miembros de ASODEPU decidieron convertirse en los verdaderos guardianes de su territorio a través de un frente de vigilancia marítima.
Ellos custodian este santuario que defienden con uñas y dientes. Mientras la mayoría de nosotros estamos despiertos o dormimos, se turnan para realizar patrullajes en alta mar. No es una tarea fácil ni romántica: implica soportar el calor, la lluvia, adentrarse en la oscuridad, enfrentar las corrientes y, muchas veces, confrontar cara a cara a embarcaciones ilegales que intentan vulnerar la zona. Es una labor de alto riesgo donde la tensión es real, pero donde la resiliencia comunitaria siempre pesa más.
Lo que más me conmovió al escucharlos hablar no fue solo la preocupación por su sustento diario o su trabajo. Va mucho más allá. Es escuchar en sus propias voces una conciencia de conservación ambiental tan profunda que desarma a cualquiera. Ellos entienden perfectamente que proteger el paisaje, el equilibrio del ecosistema y la biodiversidad es esencial para que la vida misma continúe. Su discurso no viene de la academia, viene del amor puro a su entorno y de la sabiduría de quien vive conectado al pulso del océano.
Don Angel, parte de ASODEPU
Cuidar el mar en Costa Rica va mucho más allá de un discurso político o un eslogan institucional; se sostiene gracias al sudor, los recursos propios y la valentía de comunidades como las de Isla de Chira, que arriesgan el cuerpo en la oscuridad del golfo para recordarnos el verdadero significado de proteger la vida.